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Yo No Soy un "Bad Hombre"

Avatar Estudiante Universitario y Periodista
Emilio Rodríguez
Se registró el día 14 de agosto de 2017
  • 3 Artículos
  • Edad 19

Photo de Hermes Rivera en Unsplash

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“En el colegio algunos compañeros me llamaban 'terrorista'”, me dijo Simon, “¿sabes lo difícil que es ser confundido exactamente con el problema del que estás huyendo?”


Simon es un joven de 21 años. Sus padres son originarios de Kuwait. Debido a conflictos armados, tuvieron que huir de su tierra natal hacia distintos países como Irán y Georgia, antes de finalmente llegar a Canadá, cuando Simon tenía tan solo 2 años. Allí creció y ha vivido toda su vida. En una entrevista personal me contó parte de su experiencia como niño migrante, y el dolor que experimentaba al ser estigmatizado con algo que a su familia le ha causado tanto daño.

Simon para mí ha sido una representación de lo que sufren millones de niños migrantes en el mundo. Líderes políticos y medios de comunicación llaman a migrantes centroamericanos “delincuentes”, “violadores”, “traficantes”, y catalogan a personas musulmanes como “extremistas” y “terroristas”.

Estas generalizaciones se impregnan en la conciencia de millones, y producen discriminación hacia los niños migrantes, quienes suelen ser las víctimas más grandes de los problemas sociales de sus países. Lo que menos merecen es ser confundidos precisamente con el problema del cual huyen.


Seguridad nacional no incluye discriminar.


“Estaba tan pequeño que ni siquiera lo recuerdo," me dijo Simon, "pero solo con saber que tuve que dejar mi país, a mi familia, a mis abuelos que nunca pude conocer, porque mi país se estaba cayendo en pedazos, todo para ser confundido con quienes lo estaban destruyendo… me enoja mucho, no puedo soportarlo.”


Es justificable que los ciudadanos del país de destino estén preocupados por su seguridad al recibir extranjeros. Pero los escrutinios migratorios y medidas de seguridad son una cosa. La discriminación es otra totalmente injustificable.

Mantener etiquetas dañinas que estigmatizan a sectores poblacionales completos en base a su origen, raza, o religión no son efectivos, ni patrióticos, ni útiles. Son una muestra de ignorancia voluntaria y pereza mental. Se convierten en conglomerado de prejuicios infundados por el miedo a lo diferente y el deseo de buscar respuestas simplistas, chivos expiatorios, culpables ajenos.

Confundir a una víctima con su victimario es absolutamente cruel, inhumano, insensible. Llamar “violadores” a personas que han sido violadas, “traficantes” a gente que huye precisamente de la violencia producida por el crimen organizado, y más aún, discriminar a niños que han tenido que huir de sus hogares por problemas en los que tienen la más profunda inocencia, son ejemplos de una ironía perversa.

El daño que implica estigmatizar a un niño migrante con la experiencia traumática de la que huye es demasiado grande. Todos deberían tener un miedo atroz a cometer un error de tal magnitud.


¿Qué hacemos para evitar ese error?


“Esto le sigue pasando a los niños y jóvenes." Me dijo Simon, "Acabo de hablar con un joven inmigrante árabe, y me confesó que en su colegio le apodan ´ISIS´. ¿Cómo pueden hacer eso? Es completamente inhumano”


Es más fácil discriminar cuando no se tiene ninguna noción de la situación que vive el prójimo. Difundir información sobre lo que está pasando es clave para concientizar a la población y atacar la des-información, los prejuicios y los mitos.

Para llegar adonde está, es posible que un migrante haya pasado por violencia extrema en su país de origen o en su trayecto, asesinato de parientes, violaciones, abuso de poder de las autoridades, largos meses huyendo en situaciones precarias, y más, sumado al dolor inherente de dejar hogar, cultura, y hasta familia. ¿Es justo que después de todo esto, se le discrimine a su hijo en la escuela catalogándolo como “delincuente”?

La ola de refugiados centroamericanos también ha sido presa de todas las injusticias mencionadas arriba, y aún más. Este informe presentado por el Hogar del Migrante La72, un centro de atención hacia el migrante en Tenostique, México, habla más sobre la situación de quienes huyen de Centroamérica.

Lo que debemos hacer como agentes de cambio es difundir esta información que contrarreste mensajes discriminatorios basados en la falta de conocimiento y generalización. Será más difícil para una cultura discriminar si se reconoce que la mayoría de las personas huyendo no “llegan con violencia y crimen”, sino con familias sobre sus hombros, deseosos de vivir en paz.


Nadie debe cargar estigmas en su piel.


En conclusión, el enemigo es más complicado. No es un sector poblacional, una raza, o una religión. Es la violencia, es el odio, es la discriminación, que existe en todos lados. Ya sé que esta es una respuesta menos simplista y que requiere más esfuerzo mental. Implica no conformarse con explicaciones a medias e investigar. Al violentar, odiar y discriminar a migrantes inocentes, las personas se convierten también en parte del problema.

Finalmente, hay que entender que el niño que llamó “terrorista” a Simon lo dijo porque su cultura, su entorno, los medios de comunicación y quizá hasta su hogar, le enseñaron que las personas de tal y tal características poseen esa atribución. Quitemos de una vez por todas los estigmas raciales, y como dijo Martin Luther King, sigamos luchando por el día en que la gente será juzgada por su carácter y no por el color de su piel.





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