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Eliminar la Violencia: ¿Cómo Empezamos?

no picture Estudiante de bachillerato
Roberto Aguilar
Se registró el día 11 de agosto de 2017
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Imagen extraída de https://www.pexels.com/photo/alone-black-and-white-blur-child-568024/

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La palabra violencia proviene del latín “vis”, cuyo significado era “Vigor que permite que la voluntad de uno se imponga sobre la del otro”. Esta denominación de la palabra se fue transformando hasta llegar al adjetivo “violentus” que se traduce como violento, impetuoso o furioso. Esta definición de violencia es de hace siglos aunque no dista mucho de la percepción que se tiene actualmente sobre el tema y según la RAE (Real Academia Española) es “ f. Acción o efecto de violentar o violentarse”. Sin embargo, la violencia abarca cualquier tipo de agresión física, psicológica, verbal o cualquier acción que dañe o irrespete tu integridad como individuo.


Día a día vemos hechos de violencia y al ser tan frecuentes no nos percatamos de la gravedad del asunto hasta que lo analizamos fríamente. Cuando estamos en el trabajo, en la escuela, de compras, o haciendo cualquier actividad de nuestra cotidianidad estamos más concentrados en seguir con nuestra rutina que en darnos cuenta de la señora que le grita al niño en la tienda; la maestra que humilla al joven por no prestar atención en clases, el padre que ignora al niño porque simplemente no quiere que lo moleste y muchos otros casos más, son de violencia.


Las consecuencias de ese maltrato pueden ir desde moretones y golpes hasta problemas psicológicos graves en la adultez de aquellos niños (si es que la alcanzan). He allí la verdadera problemática que muchas veces se pasa por alto.


Si bien es cierto que existen distintos grados de violencia, unos más leves y otros más críticos, es un mal que está presente a nivel mundial y según estadísticas de la OMS (Organización Mundial de la Salud) al menos una cuarta parte de los adultos encuestados en septiembre de 2016, han sufrido maltrato infantil, es decir, un 25%.


Ahora bien, ya habiendo explicado el problema y teniendo una idea de la magnitud del mismo, es normal que surja la pregunta: ¿y qué podemos hacer para evitarlo?, muchos pensarán que no se puede hacer gran cosa, pero me atrevo a decir que sí podemos hacer bastante para cambiar esta realidad. Hay quienes dicen que para cambiar a los demás (o en este caso, una realidad), tienes que empezar por cambiarte a ti mismo. En este contexto este pensamiento no puede estar más acertado. Empecemos por nuestro entorno, tratemos con respeto, paciencia y educación a los niños y jóvenes, seamos comprensivos y entendamos que sus vidas apenas están comenzando. Tienen millones de cosas por aprender, que quizás para los adultos son obvias, pero para ellos no.


El hecho de que sean jóvenes y niños, implica que están en plena formación en todos los ámbitos de su vida. Ya sea académica, social, moral o físicamente, se están desarrollando integralmente y por ende, es necesario que tengan un ejemplo a seguir. Por ello los adultos deben empezar por ahí: por dar el ejemplo. En muchas ocasiones (si no en la mayoría), las conductas de los niños se basan en algo que vieron o aprendieron de alguien mayor.

No es casualidad que un joven que viene de un hogar donde su madre era maltratada por su padre, haga lo mismo con una eventual pareja, o que alguien que venga del seno de una casa problemática, sea una persona conflictiva en su juventud y vida adulta. Igual pasa con las familias en las que existe comunicación, se le presta atención a los niños y estos terminan siendo adultos con una buena calidad de vida y una salud mental estable. De hecho, un estudio realizado en 23.000 personas con depresión por el Instituto de Psiquiatría del King’s College London indicó que aquellas personas que han sufrido maltrato en sus infancias son hasta 2,27 veces más propensas a padecer depresión en su vida adulta.

Estudios como este respaldan que el maltrato infantil trae consecuencias extremadamente negativas en las vidas de quienes lo sufren.


Por estas razones, el buen trato y el respeto en la cotidianidad, son de vital importancia para el desarrollo de una vida sana en los jóvenes y niños. Debemos ser nosotros los primeros en promover estos valores y conductas positivas, dando el ejemplo y explicando al otro por qué es necesario ser comprensivos y educados con los demás. Tratar bien a nuestros jóvenes puede hacer una gran diferencia en sus vidas, librarlos de la oscuridad del maltrato y convertirlos en seres críticos que buscan soluciones más allá de la violencia.


La violencia a todo nivel siempre ha existido, pero es nuestra responsabilidad prevenirla y podemos poner nuestro granito de arena cada día. Solo es cuestión de ser empáticos, respetuosos y dar el ejemplo (es gratis). Para hacer todo esto no tenemos que irnos muy lejos, empecemos por lo básico, que es nuestro entorno, no importa si es en el colegio, en el trabajo, en casa o en la calle, siempre estamos a tiempo para hacer lo correcto, da igual si casi nadie lo hace. Nuestro deber es que cada día sean más los que hacen el bien.

Si exigimos que nuestros países sean mejores, que haya menos violencia e inseguridad tenemos que trabajar por ello, ¿de qué nos sirve exigir políticas a nuestros gobiernos para que ataquen este problema si nosotros mismos no las hacemos valer? Y sí, los gobiernos juegan un rol fundamental en la solución de este problema, pero como ciudadanos debemos ser activos y tener autocrítica en la búsqueda del bien común al luchar por un país y mundo mejor.


Todo lo que hacemos, sea correcto o no, es un ejemplo para alguien, así que entendamos y cuidemos a los jóvenes, ellos son el futuro de nuestras sociedades y a los no tan jóvenes, que son de los que tenemos que aprender por su experiencia. Procuremos hacer el bien en todo momento y jamás dudemos en el poder de una buena acción, no importa si es pequeña, siempre traerá algo que nos beneficie a todos.






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