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Crecer en el Campo del Olvido

Avatar Relaciones Internacionales,Periodismo
Yoselin Ivette Gamez
Se registró el día 10 de agosto de 2017
  • 1 Artículo
  • Edad 21

José Estrada Serafín, El libro de los niños jornaleros parte 1,CONACULTA.

José Estrada Serafín, El libro de los niños jornaleros parte 1,CONACULTA.

Hace tiempo, mi amiga y yo platicábamos sobre las poblaciones cuyas voces parecen ser calladas o no escuchadas, y cuyas penas no son acompañadas y menos conocidas. Por ejemplo, los trabajadores infantiles agrícolas al norte del país, tema del que poco sabemos debido principalmente a la lejanía con los campos agrícolas, la insensibilidad, y la poca atención que los medios de comunicación dotan a los jornaleros.

Pienso que pocas veces nos hemos cuestionado respecto a la situación y sueños de la persona que a través de su trabajo de siembra, recolección y limpia, nos facilita un alimento. Raramente sabemos si en verdad promovemos el comercio justo y casi siempre omitimos verificar que la cadena de producción del producto beneficie a cada uno de los actores involucrados, primordialmente al campesino.

Es común conocer del sector agrícola las consecuencias de la oferta y demanda, me refiero al precio de un fruto o la cantidad de éste ofrecida en el mercado, más no como un escenario en el cual existen muchos papeles. Inhumanamente, el de los niños migrantes jornaleros, resulta ser el menos aplaudido y el míseramente retribuido pero sí el que más riesgos conlleva.

Es un rol que resulta demasiado complicado de eliminar en un solo cambio de telón, ya que, representa una parte importantísima de la única fuente de ingresos de miles de familias mexicanas. Frente al tema, es importante buscar respuestas; ¿debería permanecer en desconocimiento que diariamente 350 mil menores de edad ingresan a campos de siembra de los estados de Coahuila, Durango, Sinaloa y Baja California con la preocupación de hacer rendir un salario? , ¿por qué ignorar que a lo largo de una jornada, Andrés, Alicia, Rosa, Pedro y más como ellos están expuestos a los químicos y utensilios utilizados en el sector de la agricultura?

No se puede actuar con indiferencia cuando un grupo de la población se enfrenta a la progresiva desaparición del sueño de una vida más allá de las plantaciones de diversos frutos, como tampoco es imposible no acongojarse al saber que niños son negados de jugar, aprender y experimentar. Lástima saber que una serie de condiciones como pobreza e invisibilidad además del minúsculo salario que ganan los padres y la falta de lugares en los que puedan ser cuidados, les ha llevado a sumarse a una lógica de venta de sus capacidades corporales para sobrevivir.

Sorpresivo es que, a pesar de contar con un ingreso económico, el 42% padece algún grado de desnutrición, lo que debe invitarnos a pensar: ¿es suficiente la remuneración económica que reciben para cubrir sus necesidades básicas?. Aunado a lo anterior, la condición de ser menor, jornalero y migrante, no es acompañada de una frecuente asistencia a la escuela ya que, sólo el 10% de los niños toman clases.

Si hablamos de la situación de sus hogares, nuestros sentidos deben agudizarse, al ser su estancia en los campos mayoritariamente estacional –con relación a la época de cosecha o siembra-, los infantes viven en casas a las que llaman campamentos, carentes de servicios básicos de calidad y sobrantes de hacinamiento y riesgos a la salud.

Este escenario repercute directamente sus posibilidades de experimentar movilidad social ascendente, como también la imposibilidad de poder compartir saberes, conocer diferentes formas de vida y exponerse a diversos conocimientos.

Los menores, mayoritariamente ubicados en campos de Sinaloa y Baja California, se enfrentan a un grave riesgo que atenta en contra suya: la explotación laboral, pues siendo migrantes, como la OIT lo asevera, se es más vulnerable a los abusos. Además de exponerse a un primer reto: la adaptación. UNICEF afirma que los niños son provenientes de comunidades indígenas de Oaxaca con lengua zapoteca, Guerrero de los grupos mixteco y nahua, así como Puebla, el choque cultural y de visión de vida, provoca que esta población pueda sentirse segregada de la comunidad.

No podemos dejar en el olvido que anualmente en territorio mexicano, según UNICEF, 300 mil niños y niñas migran a otras partes del país para acompañar a sus familias en búsqueda de nuevas oportunidades.

La migración y el trabajo infantil en el territorio desde el que escribo –y en el de todos los países-, es una realidad constante. Son fenómenos que desatan consecuencias con capacidad de afectar a más de una persona, por eso, propongo una visión global de la situación, puesto que a nivel mundial, 98 millones de niños (as) entre 5 y 17 años de edad trabajan en la agricultura de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Idealmente este problema debería causar algún sentimiento sin importar nuestro lugar de residencia.

Si es así, ¿por qué no pensamos entonces que como ciudadanos de este mundo y consumidores del sector agrícola ostentamos el poder de exigir a los gobiernos e intermediarios que garanticen el bienestar de las familias de jornaleros, además de un pago justo?

Pero, no olvidar que esta acción debe ser acompañada del rendir homenaje a la noble tarea del campo. Esta revaloración permitirá que se dé un primer paso para que dicha actividad sea lo suficiente bien remunerada, digna y capaz de permitir que los niños estén en el lugar donde sus anhelos, creatividad y conocimientos desarrollen su potencial.





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